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Una improbable colaboración ha resuelto un antiguo misterio sobre la supervivencia de los caracoles en las Islas de la Sociedad, en la Polinesia Francesa.

En 2017, un caracol lobo rosado se arrastró a lo largo de un camino soleado en Tahití con un pasajero inesperado: una computadora hecha a la medida, del tamaño de un pulgón y atornillada con delicadeza en su caparazón como un sombrero de copa.

Esta especie particular de caracol está involucrada en las extinciones de hasta 134 especies de caracoles a nivel mundial. La gente introdujo al caracol lobo rosado en Tahití hace décadas y la especie depredadora dejó pocos sobrevivientes.

Sin embargo, una de las especies tahitianas logró sobrevivir en decenas de valles de la isla: el diminuto caracol Partula hyalina con su distintivo color yogur. “Deben tener algo especial”, opinó Cindy Bick, investigadora de la Universidad de Míchigan.

Ahora, con los datos solares recolectados de algunas de las computadoras más diminutas del mundo pegadas en los caparazones de caracoles lobo y colocadas en el hábitat frondoso del Partula hyalina, Bick y sus colegas ilustraron cómo el caparazón pálido del Partula hyalina posibilitó que la especie eludiera la extinción. Sus resultados fueron publicados en junio en Communications Biology.

En 2012, cuando Bick seguía siendo estudiante de posgrado, comenzó a investigar el misterio de la supervivencia de los Partula hyalina junto con Diarmaid Ó Foighil, un profesor de Ecología y Biología Evolutiva, además de curador del Museo de Zoología de la universidad. En 2014, publicaron juntos un artículo que sugería que al tener una nidada de retoños más abundante pudo sobrevivir mejor que otras especies. Sin embargo, esto no bastaba para explicar el extraño éxito del Partula hyalina. “Está haciendo algo más que sobrevivir”, dijo Ó Foighil.

La mayoría de los caracoles de tierra prefiere la sombra. Como muchas especies, el caracol lobo rosado con su caparazón oscuro se secaría como cecina si se quedara bajo el sol. Sin embargo, mientras hacía una investigación en los diarios de campo de un malacólogo de inicios del siglo XX, Bick leyó que el Partula hyalina a menudo se encontraba en los límites de los bosques, donde hay menos árboles que permiten una mayor iluminación solar.

Bick y Ó Foighil empezaron a pensar: si el caparazón lechoso del Partula hyalina puede reflejar y tolerar más los rayos del sol, los límites soleados de los bosques podrían ofrecer un lugar seguro libre de caracoles lobo. Simplemente, necesitaban un mecanismo para medir cuánta luz solar recibía al día cada especie.

Mientras los dos zoólogos analizaban caracoles, del otro lado del campus, el laboratorio de ingeniería de David Blaauw había creado la computadora más pequeña del mundo con batería: un sensor de 2 x 5 x 2 milímetros un poco más grande que un pulgón. Los sensores reciben los datos con luz visible y los transmiten mediante una radio.

Cindy Bick

Varios años más tarde, el equipo de Blaauw recibió una solicitud que destacaba de las demás: pegar las diminutas computadoras a caracoles carnívoros en Tahití. La propuesta de Bick parecía perfecta: una oportunidad de probar los sensores en el mundo real con colaboradores cercanos y para ayudar en un proyecto que pudiera fomentar la conservación de la vida silvestre.

Para preparar los sensores para los caracoles, el laboratorio de Blaauw agregó un diminuto cosechador de energía con celdas solares para que el sensor pudiera recargar la batería con el sol. Envolvieron el sistema en resina epoxi para que el sensor estuviera protegido del agua, la luz fuerte y la vida brusca del caracol promedio.

Sin embargo, tenían un problema. Necesitaban dotar a las computadoras diminutas de la energía para medir la luz, pero que el sistema no tuviera baterías grandes que pudieran aplastar un caracol. Inhee Lee, quien en la actualidad es profesor adjunto de Ingeniería Eléctrica y en Computación en la Universidad de Pittsburgh, pero en aquel entonces era investigador en el laboratorio de Blaauw, ayudó a resolver el enigma. Lee y Blaauw simplemente reutilizaron el cosechador y midieron la velocidad de su carga solar en lugar de la luz del sol.

Con los caracoles invasivos de un jardín de Míchigan, los investigadores primero intentaron pegar las computadoras con imanes y velcro, pero fracasaron hasta que descubrieron cómo pegar una tuerca de metal a la superficie y atornillar el sensor en la tuerca. Entonces, los caracoles y sus diminutos pasajeros estuvieron listos para capear la simulación de los elementos (baldes de agua).

En agosto de 2017, Bick y Lee llegaron a Tahití con 55 sensores. Pasaron de un valle al otro guiados por Trevor Coote, un autor del artículo y especialista en estos caracoles de tierra radicado en Tahití (Coote murió de COVID-19 en febrero).

Todos los días, los investigadores monitoreaban los caracoles durante horas para garantizar que no se escaparan. De vez en cuando, les llovió. No tenían permiso para pegar computadoras en los Partula hyalina, considerados en peligro de extinción, así que colocaron cámaras que apuntaran directamente a los caracoles desde el costado mientras dormían en las hojas durante el día, en esencia para monitorear cuánta luz solar recibían los caracoles inmóviles. Sin embargo, los caracoles lobo rosados con las computadoras montadas demostraron ser un desafío más complicado, pues los moluscos se movían lento, pero con determinación para buscar comida (un caracol huyó con un sensor algunos días).

Los datos revelaron que los sensores en el hábitat de los Partula hyalina recibieron, en promedio, diez veces más luz solar que los caracoles lobo rosados. Esto confirmó la hipótesis de los investigadores: las condiciones luminosas protegieron a los caracoles pálidos de los depredadores rosados.

El caracol lobo rosado fue incorporado a las Islas de la Sociedad en la década de 1970 con el objetivo de controlar a otro invasor, el caracol gigante africano. No obstante, el reino del terror de los caracoles lobo rosados produjo la extinción de muchas especies de caracoles arbóreos de las islas.

“Crecí en estos entornos y escuchaba los mitos y los cuentos con animales y plantas que ahora se han extinguido o están en vías de extinción si no actuamos rápido para conservarlos”, dijo Bick, quien es polinesia. Bick agregó que esperaba que esta investigación apoyara los esfuerzos para mantener los refugios solares que son el hábitat de los Partula hyalina en las Islas de la Sociedad.

“La mayor parte del tiempo, hablamos de cosas que están muertas o están muriendo”, comentó Bick. “Esta es una historia de resiliencia”.

Trevor Coote

Sabrina Imbler es una reportera que cubre la ciencia y el medio ambiente. @aznfusion